Hay una necesidad de demostrar que se hacen las cosas bien que ya abruma. Desde arriba siempre mandan la orden, cuando el saldo es positivo no hay filtros, ni pantallas… todos los aplausos se escuchan, hasta el de los marginados. Ahora bien, cuando las cosas no se hacen del todo bien aparecen los reflejos, el efecto rebota y nunca se sabe a quién se debe apuntar. Los que mueven a las marionetas se especializan y se dejan de escuchar los aplausos e insultos del público, la obra no se banca la crítica y apuntan a los marginados, claro, por la necesidad de demostrar que se hacen las cosas bien, incluso cuando saben que se están haciendo mal. Es confuso, pero es político.
Hay una necesidad de demostrar que se hacen las cosas bien que ya abruma, cansa, porque esa necesidad confunde y desinforma, como hacen los medios de comunicación, del monopolio y del estado. De repente hay que creer en alguien, llegan las elecciones y desconocemos la verdad, o por lo menos la verdadera, no la que se necesita para demostrar que las cosas están bien. En el cuento de aprender a escuchar caemos todos, pero nadie puede hablar, o por lo menos nadie se anima, porque todo es tan confuso que ya no sabemos a quién creerle. Un monopolio miente, pero el otro no dice la verdad, entonces ¿En qué quedamos?
Los marginados dejaron hace tiempo de ser los humildes o los pobres, los marginados somos aquellos que desconocemos los trances vinculados a la realidad política, en todos los ámbitos. Que nadie se sienta ofendido, pero a veces me siento olvidado, porque sigo creyendo que esto va a cambiar, o más bien, esto va a mejorar, el tema es que todos los que se quedaron en el camino pensaban lo mismo y hoy nos siguen mintiendo a todos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.