_ ¿Cuánto hace que es vendedor usted, Roberto?
_ Yo no soy vendedor, tengo buena cintura
comercial, eso hace que me pueda desempeñar en este ambiente.
Así fue como, desinteresadamente, Roberto me
definió a que se dedico el resto de su rica historia.
Hombre mayor, de unos sesenta y cinco años, con
el envase deteriorado, como aparentando unos cinco o seis años más. Roberto
camina por las calles de un pueblo bonaerense, con la mirada algo escondida,
los pasos lentos, las piernas pesadas, una barba candado blanca, semi manchada
por el consumo permanente de café y cigarro.
Cada vendedor tiene su historia para contar y
también tiene otra historia para confesar, dos que se relacionan o se parecen,
pero dado el contexto y el sujeto con quien lo comparte, irán variando.
Claudio era un vendedor de aquellos, de los de
antes. Para el instituto, era el jefe del departamento de ventas. Tenía un poder
de convicción en la mirada y en cada
musculo del rostro que mueve al hablarte. El tipo te saluda y ya te está
vendiendo, es de esas personas que al dialogar, en todo momento intentas
traducir el mensaje codificado que manda.
Roberto y Claudio, formaban un equipo de trabajo insuficiente, pero compacto. Cada cual encaja en las necesidades del otro. Claudio, un audaz vendedor, Roberto un audaz, disfrazado de desecho o de derrota, herramienta que utiliza muy bien para atacar.
_ ¿Te gusta el guiso Javier?
_ Claro Claudio, un guiso a esta altura, con
este día y después de la jornada de hoy, es una bendición.
Mientras el jefe del departamento de ventas
preparaba la comida, con Roberto nos sentamos en la mesa redonda de la cocina,
con la televisión encendida, porque Claudio no soportaba que existieran esos
espacios de silencio en la enorme casa.
Roberto, literalmente, era de esos personajes
de serie yanqui de televisión. Sus gestos eran propios de un personaje. Ojos
bien abiertos para afirmar exageradamente alguna conversación o con la palma de
la mano abierta, mano extendida, simulando remolino, entonando ¡Sabes de esas
todas las que yo viví!
Mientras esperábamos que Claudio concrete ese
guiso, mirábamos la televisión. La historia de
un boxeador que está recién intentando romper el cascaron y salir a un mundo
sin necesidades, ese mundo en el que solo basta una sola noche para comenzar a
empapelar su vida con billetes o, sin término medio, dormir sin techo por el
resto de sus días.
_ Hay que entenderlos a estos tipos ¿Tenes idea
lo que es estar en la gloria? _ Me pregunta Roberto, desde el otro lado de la
mesa, rascándose la barba blanca y con los ojos bien grandes, como entendiendo
de lo que está hablando.
_ Si te réferis a la gloria en relación a
dinero, digamos que no. Jamás me falto nada, pero nunca tuve excesos que me
llevaran a esa gloria.
_ Yo a estos pibes los entiendo. Todos
justifican sus desbordes en la vida, calificándolos de ignorantes, simplemente
porque son boxeadores y no saben lo que es la gloria, la cima, ese momento en
el que sentís que el mundo realmente está en la palma de tu mano.
Claudio escuchaba mientras terminaba de cortar
los morrones, pero no acotaba nada, como si en verdad estuviese agotado.
Teniendo en cuenta que ya eran cuarenta días los que llevaban de convivencia
entre los dos, imagino que de estas charlas deben haber tenido bastante, mas si
tenemos en cuenta que Pinto es una ciudad pequeña y cuando cae el sol, no hay
muchas más opciones que sentarse a ver televisión.
Cenamos los tres, opinamos, comentamos y compartimos,
tres términos con los que un vendedor, un asesor comercial y un docente, intentaban llenar los espacios vacíos de una noche típica de otoño.
La jornada de capacitación del instituto al
otro día fue menos intensa que la del lunes. Desayune solo con unos mates. Claudio
y Roberto optaron por el café y el cigarro, para arrancar bien intoxicados el martes.
Corte la primera capacitación a las doce del mediodía, el segundo grupo llegaría a las trece
treinta, por lo tanto tenía un margen de algo más de una hora para almorzar.
Roberto me paso a buscar y fuimos al bar de la terminal de colectivos.
_ Buen día querida ¿Cómo anda hoy? ¿La familia
bien?
En solo cuestión de veinticuatro horas, aprendí
que la diferencia entre un vendedor y un asesor comercial, es que el asesor
vende su imagen, aún fuera de su horario de trabajo y el vendedor en cambio, en
algún momento del día, muestra una fisura a su rígida personalidad, esa fisura
generalmente la representan en su cambio de humor.
Luego de que Roberto saludara atentamente a la
camarera y le preguntara por su familia, solicito ¡una de esas enormes milanesas
riquísimas que preparan ustedes todos los días, con una porción de fritas!
_ Roberto ¿vos hasta cuando viviste en Junín?
_ Yo nunca viví en Junín.
_ Ahhh pensé que habías vivido en Junín ¿y
donde vivís?
Roberto se acomoda, extiende ambas manos, saca
un cigarro de su atado de Malboro Box, lo encienda, larga el humo, me mira y me
dice _ Es una larga y complicada historia, pero ahora que me preguntas, te la voy a contar.
Desde ese momento sentí que la jornada iba a
ser interesante, el tipo era interesante, misterioso, como un personaje de
alguna serie yanqui.
_ Yo de pibe viví en Buenos Aires, pero después
con mi familia nos fuimos a Córdoba. A los diecisiete me fui a estudiar a
Londres, Licenciado en asesor de seguros. Desde esa edad, hasta los cincuenta
años viví en todo el mundo. Cuando hablo de todo el mundo llámese el continente
que sea. Un asesor viaja por todo el mundo y más cuando uno tiene la suerte de
trabajar en una de las compañías de seguro más importantes del mundo. Estuve
asentado muchos años en París y Brasil, tenía una casa en cada lugar, pero tenía
varios jefes que levantaban el teléfono y yo tenía que responder, yendo a donde ellos necesitarán que vaya.
_ ¿Viste cuando te dije ayer que yo a estos
tipos (por los boxeadores) los entiendo perfectamente?
_ Si, me acuerdo.
_ Bueno, es que yo lo viví y hoy estoy acá
sentado al lado tuyo, en esta ciudad de mierda como es Pinto, cuarenta y cinco días
caminando, manzana por manzana, para vender capacitaciones.
Roberto es un maestro de la queja, aunque en
verdad era parte de su descarga eléctrica que venía consumiendo en los últimos diez
años. No es que fuese algo personal con Pinto, si en verdad es una ciudad cálida,
tranquila, donde todo el mundo es amable y se puede caminar a cualquier hora por
sus calles. Lo que lo lleva a la queja a Roberto, fue todo lo que le ha pasado
en los últimos diez años, donde desde el Olimpo de la gloria le abrieron la
puerta y despertó en el bar de una estación de colectivos, con un pibe de
veintinueve años, que escucha todas sus historias.
Comimos la milanesa, las papas, el pan y nos tomamos
toda la gaseosa. Él fumo entre cuatro o cinco cigarros y paso la hora de
descanso. Entre todo ese proceso, hubo una historia increíble, de las que
resulta difícil escuchar en un rincón de General Pinto, contada en primera
persona, por el protagonista principal.
Roberto fue asesor de una de las compañías más
grandes del mundo. Si bien tenían acciones en todo el mundo, cuando hablo de
todo el mundo hablo de rincones que ni siquiera son conocidos. La compañía residía
en Brasil y París. Esta compañía tenía miles de empresas de seguro y también disponía
de acciones en otros rubros.
Los peces gordos de aquella época, contrataban
asesores de confianza, de esta compañía,
para las operaciones internas y de índole privado. Estos asesores se encargaban
de operar prolijamente, en las operaciones y movimientos de acciones de estas
personas o estas sociedades, Roberto fue uno de esos asesores. Su tío, que era
socio de esta compañía, lo sumo a este grupo de trabajo luego de que terminára
sus estudios en Londres y así fue como arranco su actividad como asesor
comercial.
Luego de que me explicara todo esto que me contó cómo operaban, como trabajaban, las operaciones que hacían, los manejos
de masivos montos de dinero y demás, se me ocurrió preguntarle sobre un tema
actual, que resultaba un espejo de su historia.
_ Roberto ¿Qué pensas de todo este tema de
lavado de dinero, este tipo Fariña que salió en todos lados?
El viejo se ríe, siempre rascándose la barba.
Me mira con los ojos grandes.
_ Pienso que Fariña es un pelotudo y te voy a
explicar por qué. Yo, vos y hasta un reciente egresado del secundario sabemos
que existen y siempre van a existir estas cosas. Lavar dinero, no siempre es ilícito
y muchas veces es necesario, así como lo escuchas. Yo hice lo mismo, durante un
tiempo, mis jefes me llamaban y yo abría cuentas en el exterior. Llegue a
manejar dos cuentas en Suiza, siempre registradas a nombre de una compañía,
pero el que firmaba era yo. Una de mis tareas era hacer negocios en paraísos fiscales.
Yo tenía que estar en los pequeños detalles, esos pequeños detalles que van,
desde ponerle a los buques de transporte la bandera de Panamá, para evadir,
hasta comprar apellidos o firmas que no existían. Ese es el mundo real, cuando
el movimiento es grande. Los detalles hacen a la prolijidad y cuando vos
trabajas en estos negocios, lícitamente (como lo hice yo, agrega) o ilícitamente,
vos nunca podes olvidar, que a tu jefe, nadie lo debe conocer, ni sentir nombrar.
Yo te cuento todas estas historias porque ya están muertos y aunque resulte difícil
de creer, vos sabes que hoy existe internet, donde podes corroborar todas estas
historias. Mañana entrá al Google, escribí el nombre Lesoto – Minería
y vas a ver que toda esa historia con los militares que te conté, es real. Sin
embargo, alguien que nunca lo vivió, no puede saber que existió esa guerra
entre una potencia militar, contra un pueblo pequeño y desconocido de África,
donde los aniquilaron a todos para apropiarse de la minería más rica del
continente. Yo estuve ahí, porque el jefe tenia socios a los que no podía negarle
protección, porque los mismo que te protegen, te pueden arruinar ¿Entendes
ahora porque Fariña es un pelotudo?
Resulta increíble, realmente. Hay historias de
mesa con amigos, historias de viajeros, historias de personajes exagerados, egocéntricos
y hay historias de libros. La de Roberto me cuesta clasificarla, era evidente
que ni bien tenga un poco de tiempo entraría al Google para comprobar nombres, países,
pueblos, compañías y todas esas cosas que me ha contado. Lo más sorprendente es
que todo existió.
El margen a la duda existirá siempre que me
acuerde de este momento, pero no puedo dejar de pensar que por dos días, conviví
con el espejo desdibujado de un tipo que supo estar en la gloria, por muchos
años y hoy su realidad es completamente diferente. Si bien nunca me anime a
preguntarle lo mismo que deben estar preguntándose ustedes ahora ¿Cómo es que
de París con toda el dinero que manejó, que gano y que tuvo, termina caminando
casa por casa en General Pinto, tratando de vender, con sus armas de asesor,
una capacitación de informática, para recibir una pequeña comisión y tirar un
mes más en esta vida?
_ Javi, es la primera vez que puedo abrirme a
contar todas estas historias y ni siquiera tuve pensado en algún momento de mi
vida contártelas a ti, que hoy mismo te acabo de conocer, pero así es esta vida
y por algo siempre estamos en movimiento, quizás para encontrarnos o para
perdernos, con aquellos que se nos crucen en el camino.
_ Gracias por compartirlo Roberto, imagino lo difícil
que será para vos hoy estar aquí
_ Es una nueva vida. Uno crece leyendo cuentos
o escuchando a personas, pero la realidad es la que está debajo de tus zapatos
y el equilibro lo encuentras en la cima de tu cuerpo. El día que no puedas
mantener ese equilibro entre lo que está debajo de tus zapatos y la fragilidad
de tu mente, ese será el día de tu juicio final, mientras tanto hay que
mantenerse firme y aprender de cada momento.
Roberto me saludo en la puerta del instituto,
se dio media vuelta y ya se puso a charlar con la farmacéutica de enfrente. Se veía
como movía sus manos, como estiraba su rostro mostrando entereza y simpatía,
porque un asesor, nunca debe mostrar una fisura.
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