sábado, 4 de mayo de 2013

El asesor de Fariña.


_ ¿Cuánto hace que es vendedor usted, Roberto?
_ Yo no soy vendedor, tengo buena cintura comercial, eso hace que me pueda desempeñar en este ambiente.

Así fue como, desinteresadamente, Roberto me definió a que se dedico el resto de su rica historia.
Hombre mayor, de unos sesenta y cinco años, con el envase deteriorado, como aparentando unos cinco o seis años más. Roberto camina por las calles de un pueblo bonaerense, con la mirada algo escondida, los pasos lentos, las piernas pesadas, una barba candado blanca, semi manchada por el consumo permanente de café y cigarro.

Cada vendedor tiene su historia para contar y también tiene otra historia para confesar, dos que se relacionan o se parecen, pero dado el contexto y el sujeto con quien lo comparte, irán variando.

Claudio era un vendedor de aquellos, de los de antes. Para el instituto, era el jefe del departamento de ventas. Tenía un poder de convicción en la mirada y en  cada musculo del rostro que mueve al hablarte. El tipo te saluda y ya te está vendiendo, es de esas personas que al dialogar, en todo momento intentas traducir el mensaje codificado que manda.

Roberto y Claudio, formaban un equipo de trabajo insuficiente, pero compacto. Cada cual encaja en las necesidades del otro. Claudio, un audaz vendedor, Roberto un audaz, disfrazado de desecho o de derrota,  herramienta que utiliza muy bien para atacar.

_ ¿Te gusta el guiso Javier?
_ Claro Claudio, un guiso a esta altura, con este día y después de la jornada de hoy, es una bendición.

Mientras el jefe del departamento de ventas preparaba la comida, con Roberto nos sentamos en la mesa redonda de la cocina, con la televisión encendida, porque Claudio no soportaba que existieran esos espacios de silencio en la enorme casa.

Roberto, literalmente, era de esos personajes de serie yanqui de televisión. Sus gestos eran propios de un personaje. Ojos bien abiertos para afirmar exageradamente alguna conversación o con la palma de la mano abierta, mano extendida, simulando remolino, entonando ¡Sabes de esas todas las que yo viví!
Mientras esperábamos que Claudio concrete ese guiso, mirábamos la televisión. La historia de un boxeador que está recién intentando romper el cascaron y salir a un mundo sin necesidades, ese mundo en el que solo basta una sola noche para comenzar a empapelar su vida con billetes o, sin término medio, dormir sin techo por el resto de sus días.

_ Hay que entenderlos a estos tipos ¿Tenes idea lo que es estar en la gloria? _ Me pregunta Roberto, desde el otro lado de la mesa, rascándose la barba blanca y con los ojos bien grandes, como entendiendo de lo que está hablando.
_ Si te réferis a la gloria en relación a dinero, digamos que no. Jamás me falto nada, pero nunca tuve excesos que me llevaran a esa gloria.
_ Yo a estos pibes los entiendo. Todos justifican sus desbordes en la vida, calificándolos de ignorantes, simplemente porque son boxeadores y no saben lo que es la gloria, la cima, ese momento en el que sentís que el mundo realmente está en la palma de tu mano.

Claudio escuchaba mientras terminaba de cortar los morrones, pero no acotaba nada, como si en verdad estuviese agotado. Teniendo en cuenta que ya eran cuarenta días los que llevaban de convivencia entre los dos, imagino que de estas charlas deben haber tenido bastante, mas si tenemos en cuenta que Pinto es una ciudad pequeña y cuando cae el sol, no hay muchas más opciones que sentarse a ver televisión.
Cenamos los tres, opinamos, comentamos y compartimos, tres términos con los que un vendedor, un asesor comercial y un docente, intentaban llenar los espacios vacíos de una noche típica de otoño.

La jornada de capacitación del instituto al otro día fue menos intensa que la del lunes. Desayune solo con unos mates. Claudio y Roberto optaron por el café y el cigarro, para arrancar bien intoxicados el martes.
Corte la primera capacitación a las doce del mediodía,  el segundo grupo llegaría a las trece treinta, por lo tanto tenía un margen de algo más de una hora para almorzar. Roberto me paso a buscar y fuimos al bar de la terminal de colectivos.

_ Buen día querida ¿Cómo anda hoy? ¿La familia bien?
En solo cuestión de veinticuatro horas, aprendí que la diferencia entre un vendedor y un asesor comercial, es que el asesor vende su imagen, aún fuera de su horario de trabajo y el vendedor en cambio, en algún momento del día, muestra una fisura a su rígida personalidad, esa fisura generalmente la representan en su cambio de humor.

Luego de que Roberto saludara atentamente a la camarera y le preguntara por su familia, solicito ¡una de esas enormes milanesas riquísimas que preparan ustedes todos los días, con una porción de fritas!
_ Roberto ¿vos hasta cuando viviste en Junín?
_ Yo nunca viví en Junín.
_ Ahhh pensé que habías vivido en Junín ¿y donde vivís?
Roberto se acomoda, extiende ambas manos, saca un cigarro de su atado de Malboro Box, lo encienda, larga el humo, me mira y me dice _ Es una larga y complicada historia, pero ahora que me preguntas, te la voy a contar.

Desde ese momento sentí que la jornada iba a ser interesante, el tipo era interesante, misterioso, como un personaje de alguna serie yanqui.
_ Yo de pibe viví en Buenos Aires, pero después con mi familia nos fuimos a Córdoba. A los diecisiete me fui a estudiar a Londres, Licenciado en asesor de seguros. Desde esa edad, hasta los cincuenta años viví en todo el mundo. Cuando hablo de todo el mundo llámese el continente que sea. Un asesor viaja por todo el mundo y más cuando uno tiene la suerte de trabajar en una de las compañías de seguro más importantes del mundo. Estuve asentado muchos años en París y Brasil, tenía una casa en cada lugar, pero tenía varios jefes que levantaban el teléfono y yo tenía que responder,  yendo a donde ellos necesitarán que vaya.
_ ¿Viste cuando te dije ayer que yo a estos tipos (por los boxeadores) los entiendo perfectamente?
_ Si, me acuerdo.
_ Bueno, es que yo lo viví y hoy estoy acá sentado al lado tuyo, en esta ciudad de mierda como es Pinto, cuarenta y cinco días caminando, manzana por manzana, para vender capacitaciones.

Roberto es un maestro de la queja, aunque en verdad era parte de su descarga eléctrica que venía consumiendo en los últimos diez años. No es que fuese algo personal con Pinto, si en verdad es una ciudad cálida, tranquila, donde todo el mundo es amable y se puede caminar a cualquier hora por sus calles. Lo que lo lleva a la queja a Roberto, fue todo lo que le ha pasado en los últimos diez años, donde desde el Olimpo de la gloria le abrieron la puerta y despertó en el bar de una estación de colectivos, con un pibe de veintinueve años, que escucha todas sus historias.

Comimos la milanesa, las papas, el pan y nos tomamos toda la gaseosa. Él fumo entre cuatro o cinco cigarros y paso la hora de descanso. Entre todo ese proceso, hubo una historia increíble, de las que resulta difícil escuchar en un rincón de General Pinto, contada en primera persona, por el protagonista principal.

Roberto fue asesor de una de las compañías más grandes del mundo. Si bien tenían acciones en todo el mundo, cuando hablo de todo el mundo hablo de rincones que ni siquiera son conocidos. La compañía residía en Brasil y París. Esta compañía tenía miles de empresas de seguro y también disponía de acciones en otros rubros.
Los peces gordos de aquella época, contrataban asesores de  confianza, de esta compañía, para las operaciones internas y de índole privado. Estos asesores se encargaban de operar prolijamente, en las operaciones y movimientos de acciones de estas personas o estas sociedades, Roberto fue uno de esos asesores. Su tío, que era socio de esta compañía, lo sumo a este grupo de trabajo luego de que terminára sus estudios en Londres y así fue como arranco su actividad como asesor comercial.

Luego de que me explicara todo esto que me contó cómo operaban, como trabajaban, las operaciones que hacían, los manejos de masivos montos de dinero y demás, se me ocurrió preguntarle sobre un tema actual, que resultaba un espejo de su historia.
_ Roberto ¿Qué pensas de todo este tema de lavado de dinero, este tipo Fariña que salió en todos lados?
El viejo se ríe, siempre rascándose la barba. Me mira con los ojos grandes.
_ Pienso que Fariña es un pelotudo y te voy a explicar por qué. Yo, vos y hasta un reciente egresado del secundario sabemos que existen y siempre van a existir estas cosas. Lavar dinero, no siempre es ilícito y muchas veces es necesario, así como lo escuchas. Yo hice lo mismo, durante un tiempo, mis jefes me llamaban y yo abría cuentas en el exterior. Llegue a manejar dos cuentas en Suiza, siempre registradas a nombre de una compañía, pero el que firmaba era yo. Una de mis tareas era hacer negocios en paraísos fiscales. Yo tenía que estar en los pequeños detalles, esos pequeños detalles que van, desde ponerle a los buques de transporte la bandera de Panamá, para evadir, hasta comprar apellidos o firmas que no existían. Ese es el mundo real, cuando el movimiento es grande. Los detalles hacen a la prolijidad y cuando vos trabajas en estos negocios, lícitamente (como lo hice yo, agrega) o ilícitamente, vos nunca podes olvidar, que a tu jefe, nadie lo debe conocer, ni sentir nombrar. Yo te cuento todas estas historias porque ya están muertos y aunque resulte difícil de creer, vos sabes que hoy existe internet, donde podes corroborar todas estas historias. Mañana entrá al Google, escribí el nombre Lesoto – Minería y vas a ver que toda esa historia con los militares que te conté, es real. Sin embargo, alguien que nunca lo vivió, no puede saber que existió esa guerra entre una potencia militar, contra un pueblo pequeño y desconocido de África, donde los aniquilaron a todos para apropiarse de la minería más rica del continente. Yo estuve ahí, porque el jefe tenia socios a los que no podía negarle protección, porque los mismo que te protegen, te pueden arruinar ¿Entendes ahora porque Fariña es un pelotudo?

Resulta increíble, realmente. Hay historias de mesa con amigos, historias de viajeros, historias de personajes exagerados, egocéntricos y hay historias de libros. La de Roberto me cuesta clasificarla, era evidente que ni bien tenga un poco de tiempo entraría al Google para comprobar nombres, países, pueblos, compañías y todas esas cosas que me ha contado. Lo más sorprendente es que todo existió.

El margen a la duda existirá siempre que me acuerde de este momento, pero no puedo dejar de pensar que por dos días, conviví con el espejo desdibujado de un tipo que supo estar en la gloria, por muchos años y hoy su realidad es completamente diferente. Si bien nunca me anime a preguntarle lo mismo que deben estar preguntándose ustedes ahora ¿Cómo es que de París  con toda el dinero que manejó, que gano y que tuvo, termina caminando casa por casa en General Pinto, tratando de vender, con sus armas de asesor, una capacitación de informática, para recibir una pequeña comisión y tirar un mes más en esta vida?
_ Javi, es la primera vez que puedo abrirme a contar todas estas historias y ni siquiera tuve pensado en algún momento de mi vida contártelas a ti, que hoy mismo te acabo de conocer, pero así es esta vida y por algo siempre estamos en movimiento, quizás para encontrarnos o para perdernos, con aquellos que se nos crucen en el camino.
_ Gracias por compartirlo Roberto, imagino lo difícil que será para vos hoy estar aquí
_ Es una nueva vida. Uno crece leyendo cuentos o escuchando a personas, pero la realidad es la que está debajo de tus zapatos y el equilibro lo encuentras en la cima de tu cuerpo. El día que no puedas mantener ese equilibro entre lo que está debajo de tus zapatos y la fragilidad de tu mente, ese será el día de tu juicio final, mientras tanto hay que mantenerse firme y aprender de cada momento.

Roberto me saludo en la puerta del instituto, se dio media vuelta y ya se puso a charlar con la farmacéutica de enfrente. Se veía como movía sus manos, como estiraba su rostro mostrando entereza y simpatía, porque un asesor, nunca debe mostrar una fisura.

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