sábado, 20 de octubre de 2012

Sobre piedras romanas.


Parece que el país de las Maravillas tiene algunas sombras, no hay humo, pero muchas cosas no se dejan ver. Vuelvo caminando, pero no voy para casa, voy para donde me dejen entrar, no ha sido un buen día, pero ¿quién no ha tenido de estos, verdad? Cuántas veces hemos oído hablar del prejuicio al que se ha sometido durante largos años a mi querido país, tantas veces tuve que oír y callar, europeos maravillas que dicen entender mucho de las reglas y los códigos de convivencia, sin embargo, debajo de cada alfombra, siempre hay un poco de tierra. No voy a detallar sensaciones, ya que me permito disfrutar de cada momento, de cada rincón. Uno entra en problemas cuando de repente se sienta en el metro, volviendo a casa, cuando el reloj marca que son más de las 23h y ahí es cuando se pregunta ¿Qué es esto? Claro, uno entiende que paso a ser parte de aquellos que ya no trabajan para vivir, sino que viven para trabajar y caes en que esas Maravillas que te han contado, son las mismas que las sudamericanas. Planto bandera, defiendo lo mío, que no es poco, mi esencia prometí nunca cambiarla y a nadie le venderé, por un par de billetes de colores, mi dignidad, hermano.
Parece ser que el jefe tiene todo controlado, aunque no está preparado para escuchar, lo entiendo, porque en este mundo no todas las personas están preparadas para saber escuchar.

Vuelvo caminando, pero no voy para casa, voy para donde me dejen entrar, no ha sido un buen día, pero ¿quién no ha tenido de estos, verdad? Entro al barrio gótico y ya el clima es otro, mas cálido. Me voy protegiendo de la lluvia, si bien las calles angostas me cubren un poco, los charcos van salpicando. Un grupo de chicas rubias, negras y todas las razas cruzan el gótico, los moros que venden cerveza en cada esquina, las catalanas que no paran de gritarse, el mundo sigue en movimiento y eso me alegra, he vuelto.
Entro a un bar que me dejo entrar por su Rock, pinturas de Hendrix, Dylan, Monroe y un suelo de cristal que llama la atención, es pequeño, pero con clima hostil. Me siento en la barra luego de dar diez o doce pasos de la entrada, me pido una caña, el barman era italiano. En la pared llevaba una foto del Diego en la época de Barcelona, cuadros del Che y una camiseta del Napoli. Le pido la clave de WIFI, era un momento que necesitaba compartir con alguien, muchas cosas juntas después de sentir una frustración al pasar nuevamente a ser un desempleado en  este país que cada día se viene un poco más abajo. Nunca me tomó la señal de internet, así que dejo el morral en la banqueta de al lado y me tomo mi caña escuchando música y viajando en mis pensamientos. No paro de preguntarme por mi gente, que estarían haciendo en este momento, donde andarían, en que situaciones se encontraría cada uno. Desde arriba, podría verse que soy un punto solitario, lejos de lo que me pertenece, el espíritu de aventura me llevo a este sitio, las sensaciones van manejando mi andar, desde que me levanto hasta el minuto en que mi cuerpo se duerme. Me permito disfrutar, me lo permito porque yo lo elegí, pero las sensaciones van marcando los estados de ánimo y cuando uno quiere tanto a su lugar, es muy difícil separar el anhelo, mas en estos tiempos donde las maravillas europeas, no solo tienen encantos.
_¿Sos argentino o uruguayo? Siento un dialecto amigable en la pregunta, era Federico, un argentino que estaba ahí en el bar.
_Soy argentino y por lo que escucho vos también. Me presento, le cuento de qué ciudad soy y en minutos estábamos sentados hablando. Se sienta Jorge, el padre de Federico y se presenta. Jorge tiene 61 años, hace catorce que está en Barcelona y Federico, que tiene 39, hace ocho años que está seis meses en Argentina y seis en Barcelona. Los dos son fotógrafos, se dedican a eso. Jorge nunca se dio cuenta que llego a la sexta década y no lo lleva mal, tiene una novia treinta y pico años menor, un hijo casado y mucha historia para compartir.
Las rondas de caña fueron pasando, Jorge seguía fiel a su vino tinto. Se sumaron sus amigos italianos y entre todos formamos una ronda, cada uno tenía algo por contar. Leonardo era de Milán, tifoso rojinegro, era más bien callado, escuchaba lo que hablábamos, imagínense que en una ronda de tres argentinos y dos italianos, no quedaban silencios y abundaban las interrupciones, mas cuando las rondas iban aumentando.
Las risas que nacieron al principio, se fueron cambiando por carcajadas, ya éramos todos amigos. Diego, el barman y dueño del bar, cada tanto invitaba ronda de chupitos de manzana y no tardo en llegar el momento filosófico, necesario, ya que compartía mesa con historiadores de la calle, aventureros de puerta para afuera.
Les hable del blog, les hable de lo que me genera escribir y con Federico y Jorge coincidimos mucho en la representación del impacto visual plasmado en un papel, para ellos en la fotografía, para mí en las letras, grandes complementos que se dejan querer.

La noche se fue cambiando, ya era hora de irse a dormir, Diego cerraba el bar a las tres y ya había pasado más de tres cuarto de hora de lo permitido. Los salude uno por uno, Federico se vuelve a Argentina el martes, Jorge se va en Diciembre para pasar las fiestas. Voy a la barra para pagarle a Diego y vuelvo a prestar atención al piso de cristal, miro mas atentamente y debajo se veía una escalera armada con piedras antiguas, que llevaba como un camino, es lógico que mi interés lleve a preguntar y resulta que eso tenía años ahí, era parte de la arquitectura del gótico, creada por los romanos en la época en que Barcelona, era un territorio invadido.

No faltaba más nada para cerrar una noche épica, de esas que siempre quedan guardadas, por eso es que no quise dejar pasar el momento, para plasmar aquel impacto visual, en estas sencillas letras.

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