Tengo que pedir perdón si en algún momento
dije que ninguno de los lugares en los que había estado, tenía ese espíritu
navideño que tiene Munich. También debo pedir perdón a Andalucía, por haber
afirmado que a las mujeres más lindas y elegantes las había visto en el sur francés.
Granada, desde que llegue, se viste de fiestas navideñas, con un colorido y
luces, propios de una cultura alegre, divertida, festiva.
Desde la calle Acera de Darro, llegando a la Gran Vía Colon, puede verse el
movimiento del que siempre hablamos. Llama la atención el brillo de las aceras
y cuando hablo de brillo, es literal. La limpieza y el respeto que le dan es
una de las principales virtudes.
El domingo me encuentra algo sensible y un hombre sensible es más peligroso que
una mujer herida.
Después de comer una tortilla española de primero, una paella mixta de segundo,
acompañado por una copa de vino tinto y culminando con un flan con crema,
empiezo a caminar entre las calles ocultas del casco antiguo, familias enteras
me rodean, pero toda la atención se la llevan dos nenes, tendrían unos diez
años. Se abrazan, se ríen y se van caminando con la palma de la mano de cada
uno, sobre el hombro del otro. Como no pensar en que a mí, la vida, por suerte,
también me ha regalado esos momentos.
Lo primero que se me viene a la mente, es aquella noche en Sáenz Peña, no
recuerdo bien si era navidad o año nuevo, lo que si se, es que con mi amigo teníamos
menos de diez años, andábamos por ahí, caminando entre gente. Desafiando a los
grandes, escape de las reglas que habían puesto Juan y mi viejo, me fui a la
casa de la nena que me gustaba, solo por aventura quizás o por esas cosas que
uno hace inconscientemente, sin saber, que se recordaran toda la vida.
Me siento en la plaza, detrás del puente. Este domingo granadino amaneció con
un sol fuerte, que suaviza al frío constante. La plaza estaba llena de gente,
los bancos repletos, pero encuentro un lugar en uno de ellos. Me siento,
comienzo a leer con las cejas fruncidas por el sol, el escenario era encantador.
Los viejos con sus nietos, tirándoles pan a las palomas. Otros corrían a los
juegos típicos de plaza española. Algunos leían, otros hacían ronda y
charlaban, la tarde iba moviendo este domingo distinto.
Sin darme cuenta del tiempo transcurrido, olvidándome por completo del reloj,
la gente fue desapareciendo, el frío comenzaba a monopolizar el clima. El banco
donde estaba sentado ya no estaba completo, habíamos quedado tres personas.
Serian las cuatro y media cuando la mujer mayor se levanta, sacude las migas de
pan que tenia encima y se marcha a paso lento. Fue el único momento que levante
la cabeza para observar la tarde. Al lado mío había una mujer, de mi edad más o
menos, que había estado sentada todo el rato que estuve yo, sin decir nada, sin
siquiera moverse.
_Hola ¿No tienes frío _ Me dijo casi con indiferencia, sin mirarme a los ojos,
como si en verdad no estuviese hablándome a mí, pero claro, éramos los únicos
dos que habíamos quedado.
_ Si, un poco puede ser, pero ¿la tarde está muy linda como para meterse
adentro de casa no? _ Le saque una sonrisa, pequeña, como si fuese una mueca.
_ Si, es verdad. A mí me aburre estar mucho tiempo en casa. Mi nombre es
Mariana, ¿el tuyo?
_ Javier, como te habrás dado cuenta soy argentino.
_ ¿Cómo puedo darme cuenta? ¿Todos los argentinos se sientan al lado de una
mujer durante más de una hora a esperar que sea ella la que empiece la conversación?
Tengo que admitir que no me esperaba esa respuesta. ¿Cómo explicarle que en
verdad ni me había dado cuenta quien era la persona que tenia sentada al lado?
_ Bueno, veo que ya empezaste a conocer al argentino entonces! ¿Qué haces acá
sola?
_ Lo mismo que vos supongo, no me llevo mal con la soledad, desde que no me
queda otra opción. ¿Vos estas solo por decisión propia?
_ Yo no estoy solo, estoy de viaje. Podría decirse que estoy con mucha gente
que no conozco.
_ No es mala la respuesta, es una buena forma de disfrazar la soledad.
Con Mariana nos quedamos charlando un rato largo. El libro ya lo había cerrado.
Era una mujer muy linda, se veía sabia. Sabía de lo que estaba hablando, se
notaba segura de sí misma. Veía en ella una paz interna difícil de ver en las
personas y más cuando en solo veinte minutos tienes que conocerla.
_ Bueno, parece que se está haciendo de noche.
_ ¿Quieres decir que me invitas a tomar algo? Fue impulsiva con la pregunta, lo
note. _ Era un chiste!!! Me dijo al dejar pasar seis segundos de silencio.
_ Todavía, desde que llegue, no aprendí a darme cuenta cuando hablan enserio o
mienten las españolas _ Conteste, para no quedarme callado.
_ Yo no soy española, soy vasca _ Me freno.
_ Libertad e independencia. Dos palabras que vengo arrastrando desde Catalunya
_ le dije.
_ ¿No me das un beso?_ Me apuro. Se hizo un silencio entre los dos. Así como sentí
que la pregunta anterior había sido impulsiva, esta sentí que era sincera. Esta
vez los seis segundos se hicieron eternos y nunca me dijo que era un chiste.
Mariana era linda, sinceramente y sin exagerar, era hermosa. Tenía una forma de
expresarse que adaptaba enseguida la relación amistosa. Pero no podía
engañarme, ni engañarla. Ese beso no hubiese sido real. Me pedía un beso de
esos que solo pueden sentirse, no pueden verse, ni dibujarse.
_ No es lo que necesitamos, ni lo que queremos. Seria irreal_ le conteste.
_ Que sabrás vos de irrealidad!!!_ Me dijo como enfadada y resignada. _ ¿Tienes
algún talento?_ Me pregunto rápido y fuerte, como si sintiera que ya estaba
incomodo.
_ No sé, es una pregunta que me hago muy seguido y hasta el momento, la
respuesta es nula. ¿Vos, que talento tenes?_ Le pregunte, afirmando que tenía
una.
_ Mi talento es la imaginación, sin ella no tendría la vida que tengo. Sin
dramatizar, sin imaginación, estaría muerta._ Fue una de las respuestas más
sinceras que me han dado. Era pura, como la mirada de Mariana. Ella tenía razón,
que voy a saber yo de irrealidad.
Se levanto del banco, me saludo con la mano. Me regalo la sonrisa más pequeña y
dulce del viaje. Labios apenas estirados, sin mostrar los dientes y formando el
hoyuelo en sus cachetes.
_ Siempre estoy en este banco, pasa a visitarme cuando quieras_ Me dijo en voz
tenue.
El abrigo lo colgó de su brazo izquierdo y con el brazo derecho levanto su
larga varilla blanca, con una bocha negra en la punta, que apoyo sobre el piso
y siguió su andar, con la mirada escondida.
Mariana tiene a su imaginación como talento propio, ese talento que le permite
vivir diferente a los demás, porque ella conoce la irrealidad, esa que muchas
veces nosotros, ignoramos.
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